Se prende la luz en la sala después de una hora y veinte minutos. Queda el eco de una familia que se rompe y se arma frente al público, entre silencios, humor y verdades que incomodan. El aplauso, en “El loco y la camisa”, casi nunca cierra del todo: muchas veces abre una charla.
El fenómeno teatral llegará a su fin en Tucumán luego de cuatro años en escena y más de 55.000 espectadores. El elenco realizó más de 160 funciones en la provincia y fuera de esta. La última función será esta noche en el Teatro Mercedes Sosa, con espacio para más de 1.500 espectadores.
Escrita por Nelson Valente, “El loco y la camisa” puso en escena tensiones, silencios y violencias en una familia de clase media. Todo ocurre en una cena familiar alterada por la llegada de Mariano, el novio de María Pía. En ese entramado, Beto, el hijo señalado como loco, queda en el centro: marginado y silenciado, pero también dueño de una sinceridad brutal que desnuda mentiras y prejuicios. En Tucumán, la versión local se sostuvo por el boca en boca y la identificación del público, con un elenco integrado por Fernando Godoy, Lili Juárez, Max Meloni y Emanuel Rodríguez. Con producción de Lucas Rodríguez y bajo la dirección de Vivi Perea, que también actuará en la última función.
En esta entrevista, Emanuel Rodríguez, quien interpreta a Beto, mira hacia atrás y se asoma al cierre.
- ¿Qué significa llegar al final de una obra que genera tanta atracción?
-Estamos muy contentos de terminar la obra en el Mercedes Sosa, sabiendo que es el teatro más importante de la provincia, sabiendo que el público nos apoya, que va a ir, pero por otro lado hacerla por última vez es muy triste para nosotros. Nos encanta hacerla, nos encanta la respuesta de la gente, lo que se siente, lo que se vive ahí, la energía que hay entre todo el público es impresionante y creo que vamos a extrañar mucho eso. También el hecho de no vernos en los ensayos, algo que hacemos hace 4 años.
- ¿Cuáles fueron las claves del éxito sostenido?
-Para mí la clave del éxito es haber formado un grupo muy bueno, entendiendo que lo que importa es el mensaje que tiene la obra y lo que genera. Creo que todos hemos trabajado más por el producto sin que nadie lo pida, es como que siento que el compromiso fue más grande con el público que con cualquier otra cosa, así que eso creo que es lo que nos ha llevado a estar hoy donde estamos.
-Cuando mirás hacia atrás y pensás en el primer ensayo o en la primera función en Tucumán, ¿qué es lo que cambió en vos como actor desde entonces?
-Lo primero que cambió es el concepto de que nos vaya bien en teatro. Para mí, que te vaya bien en teatro era algo que se podía lograr en Tucumán pero muy distinto a lo que ahora entiendo por éxito teatral en la provincia. Eso es un regalo espectacular que creo que va a marcar toda mi carrera.
Empezamos con “El loco y la camisa” con el objetivo de hacer una función por semana y terminamos haciendo de lunes a lunes dos funciones en horarios extraños. Se agotaban las entradas en 10 minutos y eso es increíble, que la gente hable la obra, que nos reconozca, que la recomiende, que vaya a verla más de una vez. Hay gente que vio 20 veces la obra, eso es un abrazo que no imaginamos y que nos cambió la vida a todos sin lugar a dudas.
-Beto es un personaje muy movilizante. ¿Cómo fue evolucionando tu vínculo con él?
-A Beto le doy mi cuerpo, mi voz, mis emociones, creo que él me dio mucho más a mí- dice Emanuel y se le corta la voz-. Creo que sabemos muy poco de discapacidad y muy poco sobre los vínculos, sobre cómo se generan esos vínculos que es lo importante. Me enseñó a ponerme en el lugar del otro, a ser meticuloso y detallista con respecto a las relaciones y creo que la empatía que genera Beto, difícilmente encuentre en un personaje que lo genere igual o parecido. Beto es único, siempre va a estar en el podio.
Si existe una mínima posibilidad de volver a representarlo, siempre voy a decir sí, aunque tenga 70 años. Le debo muchísimo. Al empezar a estudiar sobre discapacidad, empecé a ponerle condimentos a Beto para que cualquier persona que tenga un familiar con algún tipo de capacidad, les permita entrar a la historia sin tantas barreras, porque la discapacidad, lamentablemente, por una cuestión de ignorancia, crea barreras.
- ¿El público tucumano fue cambiando su manera de recibir la obra con el paso del tiempo?
-La forma de llegar al público fue planearlo a Beto desde los ojos, la mirada, cómo habla, cómo se mueve, cómo tiene los pies para poder lograr esa comunión con las personas. Eso se logró.
-Contaste en entrevistas que muchas personas se acercan después de la función para contar sus propias historias.
-La gente me esperaba, me llegaban mensajes a las redes y me di cuenta de que con mi labor de actor no llegaba a donde quería llegar. Entonces, me preparé para contener a ese público. Le pregunté a mi psicólogo cómo hacer y les pedí herramientas para poder contenerlos. Sentí que había una necesidad tremenda con respecto a los diferentes temas que toca la obra, como las violencias internas, el machismo, el querer pertenecer a otra clase social, el querer escapar de la vida en que te sentís encerrado. Tengo una carpeta en mi celular con mensajes muy fuertes que me llegaron porque me gusta recordarlos. ¡Uy, ya estoy emocionado otra vez!
Emanuel recupera la voz que se corta con los recuerdos y sigue. Dice que le han pasado cosas fuertes debido a la obra. “Tuve que hacer mucha terapia yo también. Pero me encantó todo el proceso”, agrega.
-La obra creció de salas pequeñas a escenarios grandes como el Mercedes Sosa. ¿Cómo se vivió ese salto?
-No es lo mismo actuar con el público a un metro de distancia que con el público a seis. Para eso hay técnicas actorales donde uno abre mucho más el cuerpo. El mensaje tiene que llegar a todo ese público y la intimidad del acto artístico. En cada teatro es una experiencia diferente y hermosa.
- ¿Qué importancia tuvo el trabajo colectivo del elenco para sostener la obra durante tantos años y atravesar distintas etapas personales y profesionales?
-Los actores nos comprometimos a hacer una función por semana y de repente a las tres semanas de haber estrenado, hacíamos dos funciones por día de lunes a lunes para 300 personas. Eso nos llevó a un agotamiento enorme al querer cumplir con las expectativas. Nos llevó a un cansancio físico y mental enorme, por eso se decidió hacer dos elencos para poder cumplir con esas funciones en horario donde por lo general estábamos trabajando de otras profesiones. Creo que la clave del éxito fue el grupo y la contención de la directora. Nos abrazamos como familia y entendimos que lo que generaba el proyecto era mucho más importante que lo que nos pasaba en ese momento a nosotros.
-En un contexto donde muchas obras tienen recorridos breves, ¿qué creés que explica que esta historia haya seguido convocando público año tras año?
-La necesidad del público de hablar, de sacar estos temas de abajo de la alfombra y ponerlos sobre la mesa, de hacerse cargo y de dialogar. El loco y la camisa no es una obra que termina con el aplauso final, es una obra que sigue. Es una obra que se presta a que dialogués, a que te pongas en la piel de cada uno de los personajes.
-¿Recordás alguna función en particular que te haya marcado especialmente y que hoy vuelva a tu memoria en este cierre?
-Me acuerdo de una anécdota que define muchísimo esto. Iba caminando por la calle y un señor me paró para saludarme. Me quedé hablando con él y me dijo: “Mire, yo le voy a contar algo. Soy viudo hace 34 años y ahora estoy en pareja. Siempre me había negado a salir con alguien y mi primera cita con mi novia, ya siendo un señor grande, fue ir a ver El loco y la camisa. Fui sin saber qué era y después nos fuimos a cenar y estuvimos todo el tiempo hablando de la obra y haciendo relación con nuestras vidas. Nos conocimos a través de El loco y la camisa y vos, con tu obra, siempre vas a ser importante para nosotros y para nuestra relación”. ¡Eso es increíble! Es increíble cómo llegan los mensajes de la gente. Gracias a la obra pueden explicar y explicarse: “esto es lo que me pasa”, “esto es lo que estoy viendo”, “esto es lo que yo siento y no lo puedo decir”. Ha dado pie a muchas charlas necesarias. Yo estoy re feliz con todo lo que pasó y con lo que generó la obra, por eso quiero que la vea todo el mundo.
- ¿Aprendiste algo del público tucumano como espectador teatral en todo el recorrido de la obra?
- Aprendí del público. Cada función es diferente y cada público es diferente. Hemos tenido la oportunidad de ir a otras provincias y siempre se aprende. La obra tiene muchos matices, entonces hay públicos más chicos que resuenan con otras partes que los más grandes no. Yo soy de escuchar al público, de leer mucho los mensajes, de ver qué me dicen, qué les gusta y qué no. Todo lo hacemos para el público, en algún punto, para generar algo, para que sientan. Entonces estoy muy perceptivo a eso siempre.
- ¿Cómo se prepara emocionalmente un actor para despedirse de algo que fue parte de su vida durante tanto tiempo?
- No quiero ni pensar cómo haré para despedirme de la obra. No me preparé absolutamente nada. Creo que es un trabajo de hormiga el que vengo haciendo función tras función. Lloro un montón antes, durante y después de la función. Siempre trato de abstraerme un momento y decir: qué increíble lo que estoy viviendo, lo que estoy sintiendo. Es increíble que la gente haya pagado para ver algo que estuvo en mi cabeza y que armamos con tanto amor entre todos. Por eso, en cada función me largo a llorar muchísimo en el saludo final. Es mi manera de procesar, paso a paso, lo que fue pasando y de prepararme para este momento que sé que se viene, por última vez con Beto, pero también entendiendo y confiando en que más adelante van a venir otras cosas buenísimas.
- Si tuvieras que explicar este fenómeno a alguien que nunca la vio, ¿qué dirías que la vuelve tan cercana?
- Le diría a todo el mundo que vaya a ver la obra, que no se pierda la última oportunidad de sentir, de permitirte alejarte una hora y veinte minutos del teléfono. Estar conectado a la energía de las personas que están sintiendo lo mismo, viendo lo mismo y haciendo sus propias conexiones con su vida, inmerso en algo tan importante como el teatro y su convención. Cuando hablo de convención, hago referencia a que vos sabés que todo lo que está ahí es mentira, que soy un actor haciendo un personaje, pero igual te lo creés como si fuera una verdad absoluta. Eso te pone en una frecuencia increíble. Llorás, te enojás, te dan ganas de abrazar a alguien o de sacudir a otro. Hay que vivir eso, hay que vivir el teatro. Más allá de que la gente vea o no El loco y la camisa, o ya la haya visto, mi invitación es que siempre vayan al teatro. Hoy, que se discute con tanta liviandad si la cultura sirve, si el teatro sirve o si el cine sirve, yo les aseguro que sí. Y si no, hagan la prueba. Vayan al teatro, fíjense lo que sienten y lo que genera. Les aseguro que cuando uno va al teatro aprende, y aprende de uno mismo.